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CARTA DE NUESTRO DIRECTOR ESPIRITUAL CON MOTIVO DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR

Mis queridos Hermanos e Hijos de Dios, mi Padre: desde mi cielo -no lo olvidéis- que está en la tierra, os bendigo y abrazo a todos.      

Me sirvo de vuestro párroco para haceros llegar este año, a través de este medio, esta carta que os dirijo con todo mi cariño, pues también yo quiero desearos una Feliz y Santa Navidad.

Aunque no lo creáis -yo que cumplo este día 25 de diciembre 2025 años-,  éste es el tiempo que llevo caminado por pueblos y ciudades, haciendo lo que hicieron mis padres en vísperas de que yo naciera -según me contaron-. Al tener que cumplir con el edicto del Emperador Augusto de empadronarse en su lugar de origen, llegaron a Belén -de donde eran originarios-, y llamaron de puerta en puerta por todo el pueblo pidiendo posada, pero no había lugar para ellos. Ante tanta necesidad -pues mi madre ya había cumplido y yo estaba a punto de nacer-, tuvieron que ir a las afueras del pueblo, a un corral o cuadra de animales.

También yo -como escribió de mí mi discípulo amado, Juan Evangelista- llamo a la puerta de todos los corazones, pidiendo con toda mi confianza: “Si alguien escucha mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3, 20). Pero ¡qué pena, os lo confieso! Llevo siglos y siglos haciendo kilómetros, pero la mayoría de la gente -y acaso hoy más que nunca-, al verme pobre, andrajoso, enfermo, emigrante, necesitado de todo, pasa de largo, no me reconocen. Por otra parte, para mí lo más doloroso es oír y ver por todas partes: FELIZ NAVIDAD, porque dicen que celebran una gran fiesta en mi honor, con motivo de mi cumpleaños. Así que con paciencia y confianza paso una y otra vez por las calles, por las avenidas y caminos, y veo luces y más luces, adornos y oigo incluso preciosos villancicos, cantando mi nacimiento, pero a mí nadie me abre la puerta ni me invita a sentarme a la mesa para compartir con ellos una comida o cena cualquiera. Os parecerá mentira, hay veces que me desespero; pero mirando al cielo, oigo a mi Padre Dios que me susurra al oído: “Sé paciente, Hijo mío; ten presente que son el precio de tu santísima sangre”.

Hoy estoy aquí de nuevo, ante tu puerta. ¿Me ves? ¿Me reconoces? Tengo hambre. Tengo frío. Estoy solo y enfermo. Sólo te pido que me mires, que te acerques a mí y me escuches; que me ayudes y me hagas compañía. ¿Me reconoces, sí o no? Soy el vecino del cuarto, que me he quedado sin trabajo, con mi mujer y mis dos hijos y no tengo qué darles de comer. Soy la abuelita de enfrente, que se quedó viuda hace algo más de un año y no encuentro quien me haga compañía. Soy el mendigo que pasa cada día por tu calle y nadie le da nada. Soy un arrendado que al quedarme sin trabajo me amenazan con echarme del piso. Soy la emigrante que trabajo día y noche y apenas puedo pagar la habitación que tengo alquilada. Te pregunto de nuevo: ¿Me reconoces ahora? ¿Recuerdas que un día, ante las multitudes dije: “Lo que hicisteis con uno de estos, pobres y necesitados, a mí me lo hicisteis”? Ese mismo es el que hoy está ante tu puerta. Abre los ojos de tu corazón y verás que soy yo: el HIJO de DIOS, el HIJO de MARÍA. Acógeme con cariño y esta será tu MEJOR NAVIDAD.

Un abrazo muy fuerte a todos y cada uno de parte de éste que nació en Belén, murió en una Cruz y hoy vive aquí en medio de vosotros.

 

                                                                                           Jesús, el hijo de María y José